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El fin del yen barato y lo que significa para Bitcoin

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Durante más de una década, el yen barato fue el combustible silencioso de los mercados globales. Japón hundió deliberadamente su moneda para reactivar su economía y, en el camino, la convirtió en la divisa de financiación preferida del planeta: pedir prestado en yenes a un costo casi nulo para comprar casi cualquier otro activo se volvió una de las operaciones más rentables de los últimos años.

Esa era, sostiene Arthur Hayes en su último ensayo, está por terminar. La pregunta ya no sería si el yen se fortalecerá, sino a través de qué mecanismo y quién pagará la cuenta.

Las dos puertas cerradas

Hayes plantea tres caminos para revalorizar el yen y descarta los dos primeros por razones políticas antes que técnicas. El primero sería que el Banco de Japón subiera sus tasas hasta acercarlas a las del resto de los grandes bancos centrales, cerrando la brecha de rendimiento que hoy castiga a la moneda.

El problema es que el propio banco central es el mayor tenedor de deuda pública japonesa, tras años de comprarla para hundir sus rendimientos, de modo que una subida de tasas haría caer el precio de esos bonos y abriría un agujero considerable en su balance, además de encarecer el costo de financiar un Estado profundamente endeudado.

El recuerdo de agosto de 2024, cuando una subida sorpresa fortaleció el yen de golpe y arrastró consigo a las bolsas de Tokio y Nueva York, pesa demasiado como para repetir la experiencia por voluntad propia.

La segunda puerta consistiría en ordenar a las grandes instituciones japonesas -las empresas y, sobre todo, el fondo de pensiones estatal (GPIF)- que vendan sus activos extranjeros y repatríen ese dinero a casa.

El fondo maneja una cartera de entre uno y dos billones de dólares, y su giro hacia activos foráneos en 2014 fue una de las piezas que sostuvo la debilidad del yen durante la última década. Revertirlo tendría un efecto poderoso, pero también obligaría a Japón a desprenderse de una montaña de bonos y acciones estadounidenses justo cuando Washington necesita compradores para financiar su déficit.

Como la seguridad de Japón descansa sobre esa misma alianza, Hayes concluye que liquidar esos activos sencillamente no está sobre la mesa.

La tercera puerta: el grifo del FIMA

Queda la tercera vía, y es la que, según el ensayo, prefieren tanto Tokio como Washington. En lugar de vender sus tenencias de deuda estadounidense, el Ministerio de Finanzas japonés las entregaría de forma temporal a la Reserva Federal como garantía, a cambio de un préstamo en dólares, a través de una ventanilla poco conocida llamada FIMA. Con esos dólares compraría yenes en el mercado, fortaleciendo su moneda, y luego reinvertiría el producto en bonos y acciones japonesas. Nadie tendría que vender nada de manera definitiva.

La elegancia del esquema, desde el punto de vista de sus impulsores, es doble. Por un lado, no requiere ni un voto parlamentario ni una audiencia pública de confirmación: basta con que un subcomité técnico de la Fed acepte ampliar los límites de la ventanilla.

Por otro, los dólares que presta la Reserva Federal no existían antes, sino que se crean para la ocasión, lo que convierte a la operación en impresión monetaria disfrazada de una simple línea de crédito.

Hayes cifra en torno a 1,37 billones de dólares el volumen de bonos del Tesoro en manos japonesas que hoy calificarían como garantía, sumando los del Gobierno y los del fondo de pensiones.

El obstáculo es que la ventanilla tiene, por ahora, un tope de 60.000 millones de dólares por contraparte, muy por debajo de lo necesario para mover el tipo de cambio de forma duradera. Retirar ese límite es, para Hayes, la señal que conviene vigilar por encima de cualquier otra.

Una historia de liquidez, no de yenes

Aquí es donde el argumento deja de tratar sobre Japón y pasa a tratar sobre el dólar. Si la Reserva Federal empieza a crear dólares para prestárselos a Tokio, su balance vuelve a crecer, y con él la liquidez global.

Hayes lleva años defendiendo una correlación sencilla, según la cual cuanto más se expande el balance de la Fed, más suben los activos escasos y sin rendimiento como Bitcoin y el oro. Bajo esa lógica, el rescate encubierto del yen operaría, de manera indirecta, como un catalizador para el mercado cripto.

El propio Hayes admite la principal objeción a su tesis, y es que esa liquidez podría no llegar a los activos digitales, sino ser absorbida por el gasto masivo en infraestructura de inteligencia artificial que hoy domina la economía estadounidense, un punto que él mismo desarrolló en un ensayo anterior.

Su apuesta es que buena parte de ese capital se invierte sin un retorno claro y que el mercado terminará prefiriendo refugiarse en activos monetarios antes que financiar centros de datos que todavía no generan ganancias. Es una hipótesis razonable, pero conviene recordar que es una hipótesis y no un hecho.

En cuanto a los nombres concretos que menciona para aprovechar el movimiento -Ethereum como gran capitalización rezagada, o Ethena entre las apuestas más especulativas-, corresponde leerlos como lo que son: sus preferencias personales de inversión, nunca una recomendación.

Lo que puede fallar

La debilidad más evidente del plan está en su propio historial. Hace apenas unas semanas, una intervención coordinada entre Estados Unidos y Japón movilizó, según Hayes, más de 100.000 millones de dólares y apenas consiguió fortalecer el yen un 5%, con un efecto que se disipó en pocos días.

Si semejante despliegue rinde tan poco, cabe dudar de que una versión ampliada del mismo mecanismo baste por sí sola para llevar al yen a su valor teórico. Los mercados de divisas son enormes, y las intervenciones suelen marcar una dirección más que garantizar un destino.

A ello se suman la incertidumbre del calendario y el riesgo de ejecución. El propio Hayes reconoce que ignora cuándo -e incluso con certeza si- la Fed dará el paso de ampliar la ventanilla. Un cambio de gobierno, un episodio de tensión en los mercados o simplemente un cálculo político distinto podrían posponer la decisión de manera indefinida.

Y aun si llegara a ejecutarse, un yen que se fortalece demasiado rápido encierra su propio peligro, porque forzaría el cierre abrupto de las operaciones financiadas en la moneda japonesa, con el consiguiente sacudón para las bolsas, que es precisamente el escenario que las autoridades quieren evitar.

Lo que queda, más que una certeza, es una dirección. La tesis de Hayes es coherente y se apoya en incentivos reales: el yen está barato, casi todos coinciden en que debería corregirse y existe un mecanismo capaz de lograrlo sin un costo político visible. Pero entre el diseño de un plan y su ejecución media un trecho lleno de fricciones, y el historial reciente invita a la cautela.

Para el inversor, la conclusión no pasa por actuar sobre una fecha concreta, sino por entender qué observar. El día en que ese tope de 60.000 millones desaparezca, el juego habrá cambiado.

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